De ceremonias y vacas sagradas

Varanasi, 15 de mayo de 2012

En Varanasi, India, se celebra la muerte al igual que la vida, se celebra públicamente con los mantras cantados por los hombres que cargan con los cuerpos sin vida a través de las angostas calles de la ciudad vieja, en un desfile místico hacia las aguas del río más sagrado, el Ganges (aquí llamado Mother Ganga). “Nam Ram Sata He, Nam Ram Sata He…” (que significa “el nombre de Dios —Ram— es la verdad”, pues él ha dicho que todo lo que nace, muere, y así queda comprobado cada día), articulan sin cesar mientras llevan a hombros el cadáver envuelto en coloridos tejidos. Unos 300 cuerpos son bañados cada día en las aguas sagradas, para ser incinerados después en los Ghats, o templos junto al río, donde se cubren totalmente de madera y se queman continuamente, día y noche, prendiendo el fuego en cada cuerpo con la chispa de una “llama eterna” situada en uno de los templos, y que no ha dejado jamás de arder desde hace 3500 años.

Pero no es solo la omnipresencia de la muerte lo que sorprende de esta ciudad. La espiritualidad es una constante, pues la gente canta, grita, lee, recita incansable en sus calles. Aquí, realmente, lo que no se ve es lo verdaderamente importante.

El tráfico es agobiante: claxonazos irritantes y continuos de coches, motos y taxis, carros de bueyes y de caballos… La circulación totalmente caótica contrasta con la tranquilidad de las orillas del río, por las que la gente pasea, se baña, lava sus ropas, hace sus necesidades, se lava los dientes, practica yoga. En las aguas de este río se mezclan toda clase de sustancias de los devotos habitantes de Varanasi, y de toda la India, pues hasta aquí llega gente procedente de todos los rincones del país, como a un lugar de peregrinación. Se dice que morir en Varanasi es un honor, pues libera al espíritu del ciclo eterno de muerte-nacimiento, y hay ancianos y enfermos que acuden a la ciudad de Shiva a esperar su final. Otros no llegan de vivos, sino que viajan de muertos [me recuerda a lo que ocurre en Galicia con la leyenda sobre San Andrés de Teixido, “A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo”].

Sin duda, la ciudad sagrada ofrece un espectáculo único al pasear por sus estrechas calles. No solo por los muertos que desfilan hacia el Ganges, sino por la presencia de las vacas, que deambulan libres por los callejones y amamantan a sus terneros, comen y hacen sus necesidades. Desde que fui a la India cambió totalmente mi percepción de este animal. He podido darme cuenta de la profundidad que hay en sus ojos, de cómo te miran fijamente, me asombro cada vez ante la grandeza de sus dimensiones, y he podido sentir la paz que transmiten y el respeto que reciben. No he vuelto a ver una vaca de la misma manera. En la India conviven tranquilamente con perros adormilados y a menudo escuálidos, con kilos de basura y líquidos varios. Caminar aquí es ir esquivando suciedad y animales, es sorprenderse al comprobar cómo el ganado y las personas, el brío y el cansancio, la vida y la muerte, lo divino y lo humano, la escasez y la fe… todo ello convive en un mismo espacio. Un espacio tan inmensamente lleno de estímulos, sonidos, colores, aromas de incienso y olores a estiércol que es, al fin y al cabo, un espacio de convivencia, aceptación y tolerancia.